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Memorias de un metalero provinciano

Supongo que hay quien nace escuchando metal y lo escucha su vida entera. Ese, debo advertirlo, no es mi caso, ni el de la mayoría de personas de mi generación. Mucho menos si nacieron y se criaron en Tunja, esa Tunja católica, chiquita y conservadora de finales del siglo XX. 

Mi despertar a este género ocurrió durante mediados de los noventas, cuando despuntaban mis primeros vellos faciales, gracias principalmente a unos primos que consiguieron algunos cassettes de Metallica y Iron Maiden. Recuerdo con claridad escuchar por primera vez en su casa la introducción de "One", llena de disparos y gritos que me hacían pensar en la serie "misión del deber" que tanto me gustaba cuando era niño. Por supuesto, me enganché de inmediato con la canción.

Por esos mismos tiempos era muy común que al colegio llevaran charlas cristianas que prevenían a nuestras jovenes mentes en contra del heavy metal, o, como ellos lo llamaban "música metálica". Sus exposiciones constaban del mismo discurso -para aquél entonces ya anacrónico- que se promovió en norteamérica por parte de Tipper Gore  y el Parents Music Resource Center allá por los ochentas y que culpaba de satanismo, suicidios y violencia al Heavy Metal. El mismo discurso que llevó a la carcel por casi 2 decadas a los West Memphis Three, acusados injustamente del asesinato de 3 niños y cuyo único crimen había sido ser los metaleros del pueblo. El mismo discurso que luego usarían contra los videojuegos apenas una década después. El mismo nocivo discurso que se ha aplicado siempre contra todo aquello que cuestione la norma.

Pasé los dos últimos años de mi bachillerato en esa rutina y como mis padres me vieron tan comprometido con el instrumento no tuvieron reparo en obsequiarme como regalo de grado mi primera guitarra eléctrica.

Como quiera que fuera, a esa edad, no dejaba uno de impresionarse ante la idea de ser víctima de mensajes subliminales que lo llevaran a uno a convertirse en un adorador de Satán, un asesino en masa, o peor aún, un suicida.  Por eso, recuerdo escuchar “The number of the beast” de Iron Maiden en la sala de mi casa, asustado y teniendo cuidado de no dejarme lavar la mente por su maléfico mensaje. Mis papás nunca censuraron las exploraciones musicales. Ni las mías ni las de mis hermanos.  La verdad no recuerdo que les preocupara lo más mínimo que escuchar metal nos convirtiera en homicidas o criminales. 

Después de un tiempo dejé mi prevención y empecé a escuchar atenta y profundamente las canciones. Es más, ahora prestaba mucha atención a sus letras y me di cuenta que el metal hablaba de muchas cosas: de libros, de guerras, de historia, de política, de resistencia. Esto abrió mi horizonte de muchas formas. Descubrí entonces a autores como Lovecraft, Chesterton y Poe. Supe de la guerra de Crimea y del japón medieval y de Alejandro Magno. Aprendí sobre médicos Nazis y pilotos de guerra y ciencia ficción. 

Más o menos por ese tiempo descubrí que existía una escena nacional, liderada en el momento por Kraken y La Pestilencia, y, que  de hecho también Tunja tenía sus propias bandas. Las más reconocidas por el público local eran dos: Calle del Purgatorio y Socavón. La primera creo que desapareció en el olvido. La segunda aún sigue en activo en la ciudad y tiene prácticamente el estatus de leyenda del rock boyacense. Recuerdo ir a un par de toques en el parque Santander, en la media torta y pasar la tarde entera escuchando a las bandas de la ciudad que a veces incluso se animaban a tocar alguna de Sepultura.  Gracias a todas estas bandas, descubrí que Colombia no era lo que imaginaba, que vivía en un pais lleno de violencia y dolor.

Para cuando estaba en décimo grado ya era reconocido como uno de los metaleros del curso. No es que ello significara tener una reputación o algo así. Era al revés. Ser metalero era - y es -  en esencia, ser un outsider,o, en términos menos eufemísticos, un perdedor. Nunca ví a un metalero siendo el tipo más popular del colegio, lleno de chicas y adorado por las multitudes. Por el contrario: era el tipo que se sentaba durante el descanso solo en una esquina a escuchar detenidamente la música de su walkman mientras sacudía la cabeza.   Esta conducta estaba aún más acentuada por la adolescencia donde tiende uno a identificarse tanto con su “tribu Urbana”. Si todo el mundo va a fiestas el metalero no lo hace porque eso es de posers. Si la gente viste de colores, el metalero no lo hace porque sólo los falsos rockeros visten de color. Si la gente disfruta de varios tipos de música, el metalero no lo hace porque eso sólo lo hacen los que no son “true”.   

Por supuesto, la única cosa que me faltaba para ser un metalero de ley era tener el cabello largo.  El reglamento del colegio lo prohibía rotundamente. Eso sin embargo, no evitaba que cabeceara furiosamente al ritmo de Metallica, Iron Maiden o Helloween.  He de admitir que al principio no le cogía el gusto a los guturales así que sólo escuchaba bandas de heavy o thrash. Tampoco es que conociera muchas. Eran los tiempos previos a la internet y no había muchas tiendas de discos en la ciudad. Casi todo lo que escuchaba eran copias de copias de cassettes. Recuerdo que mi hermana me regaló en original el “Load” de metallica recién salido del horno  y yo después compré el “Master of Puppets”. Mi colección nunca fue muy grande. Mi hermano menor en cambio, con el tiempo llegó a tener casi un centenar de cassettes que él mismo marcaba con esferos de varios colores. 

Como quiera que fuera, a esa edad, no dejaba uno de impresionarse ante la idea de ser víctima de mensajes subliminales que lo llevaran a uno a convertirse en un adorador de Satán, un asesino en masa, o peor aún, un suicida. 

Por esos años también se me dio por aprender guitarra, un movimiento un tanto inesperado para mis padres pues cuando era niño intentaron enrolarme en la escuela de música de la ciudad a lo que me negué rotundamente afirmando que “odiaba la música”. Sin embargo ahí estaba, tomando lecciones de guitarra colombiana 3 noches a la semana con una disciplina espartana. Curiosamente lo que más recuerdo de esos tiempos era el frío glaciar que hacía a las 9 de la noche cuando caminaba de regreso hacia mi casa atravesando la calle de la pulmonía: Mis manos temblaban y mis dientes castañeaban. 

Pasé los dos últimos años de mi bachillerato en esa rutina y como mis padres me vieron tan comprometido con el instrumento no tuvieron reparo en obsequiarme como regalo de grado mi primera guitarra eléctrica. Una imitación de fender negra con blanca - parecida a alguna que le ví a Dave Murray - que venía en kit con un pequeño amplificador Dean que aún conservo. La guitarra la presté un día a un amigo y nunca la volví a ver. Mi papá aún me pregunta por ella. 

Trás mi grado vine a vivir a Bogotá y conocí muchas más bandas y fuí a conciertos y dejé crecer mi cabello y también aprendí a disfrutar los guturales. Fue, en cierto sentido, el final de la inocencia, pero también el inicio de ese largo proceso de conocerme en verdad, de dejar de ser un cliché ambulante, de apreciar otras formas de ver el mundo y de escuchar la música. Por supuesto, el metal siempre ha estado allí, a lo largo del camino. 

Hace poco vi un documental sobre una organización llamada “the Sanatic Temple”, que están registrados oficialmente como iglesia Satánica en los Estados Unidos. Si bien, dicen no ser teístas y no creer en ninguna entidad espiritual, usan el símbolo de Satanás, “el adversario”, el que se rebela frente a la autoridad suprema, como su forma de denunciar los abusos y  parcialidad de un sistema político que se vanagloria de respetar credos y razas. Visto desde ese punto de vista, quizás Tipper Gore no estaba tan errada. Si ser satánico es oponerse a una visión hegemónica del mundo, criticar y oponerse a los abusos del estado y de la iglesia, entonces, definitivamente, el metal es satánico.

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